
Sos chica y tenés varicela. Tu abuela te obliga a quedarte en la cama-- el infierno para una enana que sólo fantasea con correr-- y te pega en las manos si te rascas. Te van a quedar marcas, te dice, cicatrices espantosas y nadie nunca te va a querer. Entonces no te rascas porque sos chiquitita pero no sos boluda: vas al jardín, sí, pero ya soñás con tu principe azul. Después te curas, te deja de picar, y volvés a hacer castillos con barro y soñar que sos una princesa. Vos no lo sabés pero adentro tuyo quedaron unos bichitos, qué sé yo, "anticuerpos" les llaman y no sos la misma. Digo, sos mejor: ya no te podés enfermar de varicela y entonces no hay chances de que te queden marcas espantosas en la cara y nunca nadie se anime a quererte, como predecía la abuela.
Pienso en esto siempre que me dejo de ver con alguien. Es que a veces, en el limbo entre cita del infierno y próximo flaco que me rompa el corazón, me acuesto en la cama, miro el cielorraso, pongo alguna canción de mi playlist de la muerte y llego a la conclusión de que no aprendí nada, de que siempre caigo en los mismos patrones; que mi vinilo siempre corre por la misma hendidura y repite la misma melodía, ad infinitum. Pero me equivoco, el árbol no me deja ver el bosque, me señalan la luna y me quedo mirando el dedo. Cada candidato que termina siendo un imbécil, cada relación tormentosa que termina, deja en mi -- como la proverbial varicela, como las terribles paperas -- unos anticuerpos, unos bichos, una garantía de anestesia ante ciertos golpes amorosos.
Entonces cuando viene el próximo "elchicoquemerompióelcorazón" casi que puedo reconocerlo -- desprende cierto olor a Colbert Blue-- y me preparo, yo y mis bichitos, para el golpe que con certeza vendrá, pero también con la esperanza de que esta vez me duela un poco menos.
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posted by Florence at 5:56 AM