
Escribí este relatito choto hace un tiempo. Disfrútenlo (!)
---
Hace 9 días me tendría que haber bajado. 9 días, una semana y pirulos sin sangre entre las piernas. En cualquier otra circunstancia no me hubiese importado -- ¿cuántas veces cojo tanto y tan bien como para sentir ese miedo primitivo que acompaña los atrasos? No muy seguido.
Pongo el agua a hervir y me preparo un té. Espero el chiflido con las manos sobre la mesada de la cocina, de granito, fría. Lo espero con la espalda encorvada, derrotada. Tal vez pronto estos brazos dejen de sostenerme y me derrumbe sobre el piso pero por ahora me aguantan, veremos cuánto dura.
El agua no tarda en hervir, son sólo 5 minutos, pero es suficiente: el miedo de un embarazo a los 22 me lleva a pensar en él, responsable de mi angustia, y aquella tarde infame en el telo cercano a la facultad. El granito refleja la sonrisa que me arrancan los recuerdos: su camisa a cuadros que terminé usando mientras lo veía ducharse, sus dientes torcidos, la agresión con la que me dobló sobre sus piernas y me pegó – “¿Te gusta, putita?”—, la agradable picazón de su lengua mentolada contra la mia, la sensación indescriptible de sentirlo finalmente adentro y querer más. Esas cosas que él hace tan bien, esas respuestas que sólo él puede despertar. Pero la realidad es que él y yo somos nada y desde esa tarde que no hablamos.
Y eso hubiese estado bien. Pero ahora mientras el agua pega contra el saquito de té, mientras mi taza se tiñe de naranja, mi preocupación es otra: ¿estaré embarazada? Y si estoy embarazada, ¿cómo se lo digo a mis viejos? ¿Tendré los ovarios suficientes de tenerlo, abandonar la facultad, mi carrera, mi vida? ¿Me bancaré a esa plaga que persigue a las chicas jóvenes que quedan embarazadas, esa muchedumbre macartista que alguna vez integré con ganas, "el qué dirán"? Me juro y me recontra juro que si zafo, si estas tetas hinchadas son porque me está por venir y no por un bebé no deseado, jamás voy a burlarme o reírme de la valentía de otras mujeres para pasar esto que estoy pasando y sobrevivir. Yo siento que me ahogo con el peso muerto de esta responsabilidad potencial pero ellas aprendieron a nadar.
Igual ojalá no este. Ojalá mañana me despierte con toda la cama manchada, con sangre hasta los tobillos, con la cara pálida pero feliz de haber esquivado esta bala. Tomo el té y no me calienta ni me reconforta una mierda. Quiero llorar, quiero googlear cuáles son los síntomas, quiero saber antes que ignorar. Y por eso mañana mismo me voy a comprar un Evatest. Mañana voy a saber.
Cuando era chiquita el miedo eran extraterrestres que venían a secuestrarme, ladrones que querían violarme, fantasmas que hacían crujir los pisos de madrugada. De grande aprendí que el miedo son cosas simples: dos rayas azules que te cambian la vida.
El agua no tarda en hervir, son sólo 5 minutos, pero es suficiente: el miedo de un embarazo a los 22 me lleva a pensar en él, responsable de mi angustia, y aquella tarde infame en el telo cercano a la facultad. El granito refleja la sonrisa que me arrancan los recuerdos: su camisa a cuadros que terminé usando mientras lo veía ducharse, sus dientes torcidos, la agresión con la que me dobló sobre sus piernas y me pegó – “¿Te gusta, putita?”—, la agradable picazón de su lengua mentolada contra la mia, la sensación indescriptible de sentirlo finalmente adentro y querer más. Esas cosas que él hace tan bien, esas respuestas que sólo él puede despertar. Pero la realidad es que él y yo somos nada y desde esa tarde que no hablamos.
Y eso hubiese estado bien. Pero ahora mientras el agua pega contra el saquito de té, mientras mi taza se tiñe de naranja, mi preocupación es otra: ¿estaré embarazada? Y si estoy embarazada, ¿cómo se lo digo a mis viejos? ¿Tendré los ovarios suficientes de tenerlo, abandonar la facultad, mi carrera, mi vida? ¿Me bancaré a esa plaga que persigue a las chicas jóvenes que quedan embarazadas, esa muchedumbre macartista que alguna vez integré con ganas, "el qué dirán"? Me juro y me recontra juro que si zafo, si estas tetas hinchadas son porque me está por venir y no por un bebé no deseado, jamás voy a burlarme o reírme de la valentía de otras mujeres para pasar esto que estoy pasando y sobrevivir. Yo siento que me ahogo con el peso muerto de esta responsabilidad potencial pero ellas aprendieron a nadar.
Igual ojalá no este. Ojalá mañana me despierte con toda la cama manchada, con sangre hasta los tobillos, con la cara pálida pero feliz de haber esquivado esta bala. Tomo el té y no me calienta ni me reconforta una mierda. Quiero llorar, quiero googlear cuáles son los síntomas, quiero saber antes que ignorar. Y por eso mañana mismo me voy a comprar un Evatest. Mañana voy a saber.
Cuando era chiquita el miedo eran extraterrestres que venían a secuestrarme, ladrones que querían violarme, fantasmas que hacían crujir los pisos de madrugada. De grande aprendí que el miedo son cosas simples: dos rayas azules que te cambian la vida.
Labels: sexo, the joys of being a woman


posted by Florence at 10:57 PM

Post a Comment