
¿Se acuerdan cuando hace un año les contaba mi teoría sobre las losers; de cómo algunas personas socialmente retrasadas sentían afinidad conmigo y se negaban a soltarme? No quiero repetir posts pero esto que tengo para contarles vale la pena.
Resulta que hace dos semanas empecé a trabajar devuelta. Yo ya conocía a Monica y no sólo por nuestras interacciones ocasionales en sala de maestros... la conocía por su fama. ¿Cómo explicarles quién es Monica? A veces, cuando intento describírsela a mis amigos, siento que las palabras no sirven; que no existen adjetivos suficientes para poder dibujarla en la mente de otro porque la realidad, la espantosa realidad, siempre será más bizarra. Siempre.
Monica tiene 30 años, sí, pero en realidad tiene 80 y no por sufrir del Sindrome de Benjamin Button; simplemente es de esas mujeres asexuadas que van por la vida usando joggings gastados y zapatillas, que mezclan el colorado más radiante con un corte que nada tiene que envidiarle al de Cristobal Colón y que para sujetar los anteojos usan cordones solamente vistos en octogenarias que hacen cola para cobrar la jubilación. Es una gordita de cara redonda pero nada en su forma de ser, en su manera de comportarse, grita voluptuosidad. Su boca diminuta, usualmente pintada de un rojo que parece querer combinarse con la sangre de sus granos explotados, sonríe la risa más falsa que haya visto en la vida. Cuando abre la boca pequeños hilos de saliva parecen querer advertir lo peor: esta mujer es, en realidad, una caricatura, un monstruo, alguien cuya descripción me resulta inverosímil y por lo tanto imposible de comunicar.
Quisiera poder decir que las excentricidades de mi nueva compañera de trabajo terminan acá, que mi actitud es prejuiciosa y superficial... pero no.
Monica es competitiva y jodida. Cuando entro a su grado trata de tapar con su cuerpo la tarea del día, temerosa de que la copie y me quedé con sus laureles. Es terca y egoísta. Pero lo que más me molesta son sus besos en el aire. Saben de lo que les hablo, ¿no? De esos besos que la gente da, casi encima del cachete pero un poco en el aire, esos besos tan típicos de las personas no acostumbradas a demostrar afecto pero que, calculadoras, saben que es la regla social hacerlo. Sé que el hecho de que esa boca diminuta y babosa este lejos de mi cuerpo debería alegrarme pero esos "besos en el aire", esas palmaditas suaves en la espalda, sólo sirven para incrementar mi ira.
Esta loser se pegó a mi, no por su propia voluntad, sino por circunstancias externas. Y estoy segura que el día que le da la espalda no voy a ser yo la que se baje del colectivo una parada antes, para evitar hablarle: va a ser ella.
Labels: confesiones, loser, the joys of teaching


posted by Florence at 10:48 PM
Post a Comment