
JH y María están enamorados. No se ven mucho pero se aman. No conozco los pormenores de la historia pero seguro no me equivoco en asumir que es un amor típico de nuestra era: encuentros apasionados espaciados en el tiempo por una buena conexión WiFi. Viven lejos, es cierto, pero hacen que funcione.
No estoy segura pero me gusta pensar que la historia de los cartoncitos empezó en una de esas noches desafortunadas en las que el servidor de alguno de los dos decidió dejar de funcionar. JH, tranquilo, agarra el celular y la llama. "Gordo, quedate tranquilo- pienso que ella le suspira, sacándose las lagañas de los ojos- mañana hablamos mejor. No pasa nada". Pero sí pasa. A JH le va a costar dormir esa noche porque hay cosas que no pudo decirle a ella, la mujer de su sueños. Cierra los ojos y, como una presentación en PPT, ve los momentos más felices de su vida. En todos está ella.
Y recuerda, entonces, una mañana en Chicago en la que, al despertar, se encontró con una notita en la mesita de luz que lo cautivó con su simpleza: "I love you". Pff. El amor es raro: nos infla el corazón de una manera tan absoluta que resulta extraño que tres palabritas nos hagan sentir tan livianos. JH entiende el poder de las palabras pero también el de los pequeños grandes gestos. Esa misma noche escribe su primer cartón y se lo manda por mail. Después vendrá el blog y la popularidad y las entrevistas y etcs.
Es una injusticia a esta historia pensar que JH es un idealista y que la mayoría de los cartones van a ir a parar a la basura (o a la papera de reciclaje). ¿Mi teoría? Que quiere crear un puente largo, larguisimo, entre sus dos estados... un puente real e indestructible hecho, enteramente, de frases de amor.
La historia real la leí acá, en el blog del Capitán Intriga.
Labels: corazones rotos, reflexiones


posted by Florence at 2:42 AM
