Tuesday, September 30, 2008

Entre todas las cosas que no me salen (tomar sprite sin gas, bancarme una clase de reconocido periodista amante de la ortografía sin dormirme, bailar con ritmo, la plancha en la pileta, etc) tener conversaciones irrelevantes con personas con las que me encontré azarosamente es una de ellas. No es tanto que no soporte verlos o la hipocresía que implica preguntar por la vida de personas que no te importan. Son más los silencios incómodos que aparecen intercalando preguntas taradas las que me sacan de quicio.

Supongamos que A y B son compañeros del colegio. A y B no se ven desde que terminaron de cursar, hace unos tres años. A le toca el hombro a B (¿por qué A es tan tarado de venir y tocarle el hombro a B, no se da cuenta que B esta esperando plácidamente el tren, escuchando música, que no quiere conversación, que si estuviese en sus manos lo evitaría?) y se desarrolla una conversación monótona, en donde se preguntan mutuamente como andan y sobre sus estudios. A esto le sigue una pausa hasta que uno, armado de valor pregunta: "che, ¿y te seguís viendo con C? ¡No se separaban nunca ustedes!". Después, la respuesta y después la pausa y después un suspiro.

Verte con personas que conocían a una versión diferente de vos es raro porque volvés sobre tus pasos: es como si, de repente, B (o séa yo, por si no se dieron cuenta) volviese a estar en 5to año con todo el boludeo mental que eso implica. Odia volver a verse insegura, ñoñisima (más), vulnerable... ni hablar que a veces no se siente tan orgullosa de su vida como para andar desplegando sus fracasos y victorias en la plataforma gris de un tren que no llega.

Así que mientras A habla, B se tambalea, juega con los bolsillos de la cartera, se toca el pelo, busca rápido en su cabeza excusas para no tener que pasar 20 minutos al lado de una persona que no soportaba entonces y que difícilmente soporte ahora. Y entonces, dos posibilidades: la honestidad o la mentira. Usualmente concocto una excusa sublime, perfecta, mientras empiezo a caminar y me ven alejarme a paso rápido. Pero hoy me cansé: había dormido 3 horas, rendido un parcial muy por debajo de mi capacidad intelectual, tenia hambre y nauseas al mismo tiempo y todavía me quedaba mucho por hacer. Así que dije lo que nunca había dicho: "Odio estas conversaciones fortuitas, nunca sé que decir. Bueno, che, chau".

Bueno, che, chau. No era tan complicado.

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posted by Florence at 10:09 PM |

5 Comments:

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At 10:23 PM, Blogger Martín said........
Tas segura que no se te cruzaron los personajes? Apostaba que en la primera parte del relato vos eras B...

Anyway, a mí me pasa lo mismo. Es re incómodo. Los silencios incómodos son lo peor (también pasa en las primeras citas, pero por motivos distintos... ok, no en la última que tuve, pero es irrelevante acá).

A mí me preocupa un poco eso. Si te fijás por mi blog (hace tiempo que no se te ve por allá), en un post comento que tengo una próxima reunión de exalumnos del colegio, a la que todavía no sé si ir, por razones de esa índole. Hay que exponerse así ante todo el mundo...

Btw, lo de bailar con ritmo es una dificultad en común, lo de la pileta no (cuando quieras nos juntamos y probamos).

Besos,
M
 


At 10:37 PM, Blogger Florence said........
M, tenes razón. Ya lo corregí.
 


At 3:56 AM, Blogger Maggie (in Spain) said........
florence, soy tu fan.
 


At 6:41 PM, Blogger Diego said........
A mí me gustan (en general) esos encuentros. Cuando es con alguien que no soportaba, para echarle en cara lo bien que me va ahora, y si es con alguien copado, para rememorar de pilas de boludeces que solía hacer todo el tiempo.
Debe ser que nunca me siento incómodo, a menos que me siente en uno de esos banquitos sin respaldo en los que encima no se pueden apoyar los pies en ningún lado.
 


At 11:46 PM, Blogger isadora said........
No me gustan mucho las sorpresas.
Y tomo como sorpresa encontrarme con gente que hace bastante que elimine de mi registro.
Asi que generalmente, suelo sonreir durante los 3 min que dura la charla y pensar en el tiempo que me esta robando jaja

Igualemente no quita que alguna que otra vez haya sido agradable.
Pero reitero, no me gustan las sorpresas.