1, No hablaba con Juan desde hacía un mes. Desde ese viernes en el que le corté el teléfono gritándole y tomé la decisión de respetar su decisión: si no quería saber más nada conmigo entonces no iba a insistir más. Me costó al principio: había que ocupar el tiempo y de manera urgente me sumergí en un especial gordito para el trabajo, me anoté en un curso de inglés, empecé a bailar los sábados a la mañana, retomé pilates, acepté invitaciones a cualquier evento.
2. Cuando te separas, descubrí rápidamente, el tiempo se mide en recuerdos a los que hay que evitar como a la gripe. Una unidad de tiempo -- recordar la primera vez que nos agarramos de la mano, esa vez que cogimos en público, cuando festejamos su cumpleaños con una cindor y un cupcake, pobres pero felices- significa cuatro capítulos de mi libro preferido o una tarde con mis amigas o darle mil besos en la panza a mi gatita. Cuando nos separamos nos volvemos mejores versiones de nosotros mismos no porque queramos sino porque no nos queda otra; si de sobrevivir se trata hay que volverse distraídos seriales.
3. "Hace frío sin vos pero se vive". Leí ese graffiti el otro día y me hizo mierda. La vida sigue pero sin Juan y qué clase de vida es esa, me pregunto a veces. Más tranquila, capaz, más feliz, quizás, con menos sexo mediocre, tal vez, pero sin la alegría pequeña pero recurrente de saber en qué anda, si logró vender su auto al final, qué piensa de que Bergoglio se haya hecho papa, pelearnos porque odia a Cristina y yo la adoro, decirle que no me quieren aumentar el sueldo y qué hago, Juan, qué hago. Se vive sin vos, sigo viviendo, respiro, voy a laburar, me río, me toco y acabo, hablo con chicos lindos, la vida sigue y está bien que así sea, pienso la mayoría del tiempo.
4. Hasta que lo encuentro en el subte. No debería pasar, en una ciudad de millones de personas, en un radio en el que trabaja al menos un millón, seguro, encontrarnos en el mismo vagón del mismo subte a la misma hora y que se pare adelante mío. Cuando lo veo pienso "hacete el boludo, por favor, no vengas para este lado" pero él no me ve y, de acuerdo, tampoco nunca lo nuestro fue la telepatía.
5. "Hola Juan", le digo. Voy a un evento feliz, con dos compañeras del trabajo. Juan no sabe que ellas saben quién es él, entonces la pilotea, como si fuésemos desconocidos.
"Hola", me dice, sorprendido de verme ahí, sin levantar del todo la vista. Sigue jugando con su celular.
Lo miro, nos miramos, y a él no le sale preguntarme cómo estoy. Tal vez esa sea la diferencia. Durante todo este mes de no hablarnos, estos dos meses de no vernos, yo no dejé de pensar en él un día de mi vida. Lo pienso, lo lloro, me preocupo por sus cosas en silencio. Pero a él no le importa saber si estoy viva o muerta y eso duele, irremediablemente, como si te apagasen un cigarrillo en el pecho, con toda la mala leche del mundo.
6. Siempre le tuve miedo a los finales pero me doy cuenta de que no existen. Nunca me voy a terminar de despedir de Juan porque lo tengo adentro mio, lo llevo a todos lados, y además por nuestros laburos nos vamos a seguir viendo, hablando. Entonces lo que me queda son estos encuentros, llenos de toda la bronca y el resentimiento de los despechados, porque de Juan no se puede esperar otra cosa que un cercenamiento incapaz, lleno de carne rota y nervios sensibles que quedan, como mi corazón en ese vagón de subte, totalmente al descubierto.


posted by Florence at 11:44 PM





